El que pega siempre tiene la razón

Cerco un centro di gravità permanente

che non me faccia mai cambiare idea sulle cose,

sulla gente.

 

La primera vez que me pegaron por ser de izquierdas fue en octavo de E.G.B. Estábamos en clase de música y la profesora pasaba de nosotros tanto como a nosotros nos importaba su asignatura. Así que aquellas clases eran un jolgorio. Mientras uno de nosotros leía una partitura a la vez que marcaba el compás con la mano derecha o la soplaba en la melódica, el resto se dedicaba a sus cosas y a sus chismes hasta que la profe nos mandaba al pasillo a cinco o seis.

Yo me sentaba junto a uno de los nazis del curso. Los nazis del curso llevaban el pelo rapado, la bomber verde o azul y las botas debajo del uniforme del colegio. Cualquier resquicio en una puerta, en una pared, en un pupitre o en un libro les era suficiente para signar su ideología. Tampoco dudaban en emplear la violencia psicológica y después la física, gradualmente, como la mafia, contra todo aquello que consideraban espurio a su razón. Más de uno se marchó a casa con las gafas rotas, con el pelo quemado o vio caer su mochila por la ventana.

Yo me sentaba junto a uno de esos nazis, uno de esos que era mi amigo, quizá más por miedo que por afinidad porque mientras él dedicaba los recreos a fumar yo jugaba al fútbol. Así que esa tarde en clase de música me preguntó con la complicidad del amigo: ¿A quién votarías si pudieses votar?, y sonrió. Creo que se acercaban las elecciones de 1996. Imagino que por eso me lo preguntaba. Así que yo le contesté con la complicidad del amigo, y le contesté que si pudiese votar lo haría a Izquierda Unida. Comunista, exclamó, eso es peor que ser de izquierdas, exclamó. Y sus puños se hundieron en mi tripa y en mis muslos gordos y blancos y en mis huevos aún sin desarrollar. Hasta que me dejó sin respirar, mientras la profe seguía con la mirada cómo algún compañero marcaba el tres por cuatro con la mano derecha. Y no nos echaron de clase. Y yo comprendí por qué mi padre decía aquello cada vez que íbamos al colegio electoral: hijo, el voto es secreto.

Y es que mi padre no se refería al voto. Se refería a que la opinión política es mejor guardarla para sí mismo si uno no quiere comerse un bocata de hostias.

Después me he comido alguna que otra hostia por pensar distinto. Alguna que otra hostia física. Pero la hostia que más duele no es la que te deja sin respiración durante unos segundos, sino la que te deja sin libertad.

Y es que la sentencia de mi padre, antigua, la de un niño que se hizo adulto durante la dictadura y que devino hombre mientras votaba a los veintitantos, es tan válida hoy como lo era hace cuarenta años.

Hoy, 2016, aún hay que pedir perdón por ser de izquierdas. Ser de izquierdas se considera como un defecto propio de aquel que no ha conseguido madurar. A mí me pasa en el curro, con los amigos, en el bar. Izquierda es bolivariano, es chavista, es iraní, es yihadista. Ser de izquierdas es ser lo peor que puede ser un ser humano, así que uno no puede hablar, argumentar, construir una idea o un relato. Debe pensar en silencio. Ser de izquierdas hoy, que me puedo expresar y ser como quiera y además ser respetado, es igual o peor que ser de izquierdas hace cuarenta años. Ni siquiera tus padres de izquierdas, acomodados, adolescentes de la dictadura, se identifican contigo. Ser de izquierdas hoy es tener la peste, es como ser un niño al que sus mayores mandan callar porque no tiene ni puta idea de la vida.

Así que yo me callo. Me callo y pienso en silencio. Pienso en silencio que el que pega siempre tiene razón, hasta la muerte.

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