Metafísica

Carlos pensaba de niño que saber metafísica consistía en leer pesados libros de señores en blanco y negro que escribían en un lenguaje elevado y repleto de acotaciones. Por eso se hizo socio de la biblioteca pública, para acabar con un ligero estrabismo en los ojos. Después de eso, se preguntó cuál era el significado de la palabra metafísica. Metafísica es la ciencia o la parte de la filosofía que estudia al ser en tanto cuanto es ser, leyó. No le sirvió de mucho. Así que intentó ponerlo en práctica estudiando el comportamiento de su prima Antoñita.

Antoñita era un ser humano vulgar, una niña con gafas de pasta y el pelo trenzado como la crin de un caballo hasta producirla un estiramiento facial que la obligaba, más que a hablar, a escupir las palabras. Esta circunstancia podía haber dejado a Antoñita fuera del estudio de Carlos, pero su prima era la única persona que se prestaría a tal sacrificio, pues nadie jugaba con ella en los recreos. La prima, anotaba Carlos en su libreta, se agacha en el charco que hay junto al laberinto –el laberinto es un entramado de barras de hierro de diversos colores (rojo, verde y amarillo) que se entrecruzan horizontal y verticalmente dando formas rectangulares en una perspectiva tridimensional y elevándose hasta una altura de unos tres metros y medio desde donde los niños mayores arrojan a los de menor edad para que estos se abran la cabeza– y saca del bolsillo derecho de su vestido de flores de color lila una muñeca de plástico que carece de vestimenta y la mete y la saca del agua repetidas veces hasta que el juguete acaba cubierto de barro. Entonces la prima se levanta, mira al cielo con los ojos fuera de las órbitas y sube su mano izquierda en la que tiene encerrada a la muñeca, y sigue mirando al cielo durante un buen rato. El ser humano que encerraba el cuerpo menudo y pálido de Antoñita no era útil para su estudio, pensó Carlos. Además, dos días más tarde se la llevaron unos señores vestidos de blanco en una furgoneta del mismo color mientras Antoñita escupía espuma por la boca en lugar de palabras.

Carlos se puso triste. Su búsqueda de las verdades primeras había concluido. Así que de un día para otro, concretamente de la noche del veinticinco de abril de 1989 a la mañana del veintiséis del mismo mes, dejó de preocuparse por tales cuestiones para ser un niño interesado en la capacidad de golpear una pelota con los apéndices de sus extremidades inferiores. Hasta que conoció a Laura.

A Laura le gustaba eructar después de las comidas, aunque no desayunaba ni cenaba como afirmación de sus propias convicciones morales. Más tarde pensó que la mejor forma de reafirmarse era escribir. Así que escribió versos endecasílabos con acentos en las sílabas pares y sin rima hasta rellenar varios cuadernos. Pero se cansó de ello cuando terminó el cuaderno número cien de ochenta hojas de cuadrícula cuatro por cuatro, de veintiún centímetros y medio de ancho por treinta y uno de largo, y de setenta gramos. Y entonces pensó que setenta gramos por cien cuadernos eran siete kilos. Y que siete kilos eran todo lo que había sido su adolescencia. Así que se matriculó en la universidad y procuró ser feliz fijando toda su atención en la nariz de su compañero de clase.

Cuando Laura conoció a Carlos a penas notó el ligero estrabismo que le había producido su denodado estudio de la metafísica años atrás. Sin embargo, sí que le preocupó su nariz. La nariz de Carlos se componía de un sobresaliente pedazo de carne interiormente cartilaginoso y de dos agujeros negros llamados fosas nasales de los que brotaban grandes matas de vello rizado y negro. No la importó, estaba segura que Carlos era el hombre de su vida y así se lo hizo saber durante una relajada siesta en los servicios de la biblioteca de la universidad. A la mañana siguiente Carlos murió. A Laura la dio entonces por pensar en la muerte. Consiguió dos cosas: la primera un fuerte dolor de cabeza. La segunda, apreciar la belleza del mar dilatado en su horizonte al ser observado desde el limbo. De este modo transcurrieron dos días y al tercero, mientras apreciaba la belleza del mar dilatado en su horizonte al ser observado desde el limbo, se enamoró del mejor amigo de Carlos. Luego se cayó rendida a sus pies tras desmayarse de improviso por razones intestinas. Mientras, el mejor amigo de Carlos aprovechó para limpiarse los lamparones del pijama con sus dedos chatos y comidos. Laura y el mejor amigo de Carlos se casaron y el asunto acabó en los tribunales.

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