Huertas

Salimos del Samsara echando hostias. Dejamos atrás la cola de latinos con tupé que aguardaban a la puerta. Al llegar a la plaza de Canalejas, el Memo se sentó en la acera. Descolgó los pies sobre la calzada, puso la cabeza encima de las rodillas y vomitó.

—Esa ginebra es una puta mierda, tío, mira que te lo advertí –dije. —Tenías que haber traído la farlopa, joder.

El Memo empezó a tiritar. Levantó la cabeza y me miró. Tenía muy mala pinta, estaba pálido y se le habían hundido los ojos en las cuencas, detrás de los párpados morados.

—Menos mal que aún podías correr, esos jodidos bachateros te hubieran molido a palos–dije.

Sentí su mirada y sentí que no me había prestado atención, como si le hubiese puesto delante de los ojos una inscripción egipcia en la que las figuras humanas parecen vulgares meseros. Escondió su cabeza entre las rodillas y vomitó otra vez.

Encendí un ducados. Y entonces alguien me tocó el hombro. Pensé que los jodidos bachateros nos habían alcanzado, así que me di la vuelta e intuí la altura de su cabeza y solté un derechazo a la mandíbula.

—¿Martin? –dijo. —¿Martin, te encuentras bien?

Tenía el pelo lacio y rubio hasta los hombros, lo vi mientras se me escaba el ducados de los labios. Luego no acerté y golpeé al aire. Noté algo familiar en su cara al recomponerme.

—¡Casi me das un buen puñetazo!

—¿Constantine? –recordé la expresión cansada de sus ojos tristes y azules.

—Sí, Martin, Constantine –dijo. Y dio la vuelta sobre sí misma mientras alargaba con las manos su vestido gris hasta las rodillas y me besaba los carrillos.

No había en ella rastro de aquella nariz desproporcionada, nada sobre aquella sonrisa de dientes irregulares. Cuando dejó de extender los brazos, el vestido gris se ajustó a los pliegues de sus caderas como una segunda piel.

—¿Cuánto hace? –dije.

—¿Cuánto hace, Martin? ¿Veinte años? –dijo.

—Casi media vida –respondí. —Mira a ése, es el Memo –y señalé a la bola negra. —Saluda –le dije, pero el Memo parecía una bolsa de basura embutido en su cazadora cuero.

—¿Así que seguís siendo amigos?

—Sí, bueno. Lo nuestro es un sucedáneo de amistad. ¿Tienes veinte pavos? –pregunté.

—¿Para qué quieres veinte pavos, Martin?

—Al menos tendrás un cigarro, ¿no?

Constantine suspendió sus ojos en mi cara como si no tuviésemos nada de qué hablar. Yo descendí los míos por su escote, sus brazos, su vientre, por la media luna de su coño encerrado en la tela gris y sudada del vestido. Salvo sus ojos tristes y azules, no había nada que me recordase a Constantine en aquel cuerpo para posar en una revista erótica.

—¿Tienes prisa? –la pregunté mientras me agachaba sobre el Memo y palpaba los bolsillos exteriores de su cazadora, luego metí las manos en los exteriores y solo encontré un paquete de tabaco arrugado. Lo saqué y me encendí un cigarro.

—Creo que el que debería tener prisa eres tú –dijo Constantine.

—No –contesté.

La gente deambulaba a nuestro alrededor con sus sonrisas de ginebra, las espaldas encorvadas y una última cerveza de a un euro para antes de volver a casa

—Tengo una sesión en el Prado en cuarenta y cinco minutos.

—¿Cronometras el tiempo? ¿A qué te dedicas? –dije mientras me figuraba su culo encima de mi polla.

—Soy fotógrafa. Hoy me tocan unas modelos alemanas frente a la estatua de Velázquez, ¿te acuerdas?

—Podríamos follar antes de todo eso, ¿no crees?

—Era nuestro recuerdo –Constantine rió. —¿Tú te dedicas a eso? –dijo.

—¡No!

—¿Tu amigo y tú os dedicáis a eso?

—No, joder. Yo bebo –exclamé.

—Bebes.

—Sí, bebo.

—Martin sigues siendo una gran mierda.

—Pero tengo el rabo grande, ¿sabes? –y tiré el cigarrillo al suelo y lo pisé hasta desenredarlo. —Aunque beba para no pensar en la gran mierda en la que me he convertido, tengo el rabo grande, ¿sabes? Luego soy a las siete y soy el despertador. La ducha, la parada del autobús, la hora y media y el control alt tabulador intro. Sí. El control, alt, tabulador, intro. ¡Joder! Control-alt-tabulador-intro. Pero tengo el rabo grande.

—Y lo del follar.

—Y follar.

—¿Quieres follar?

—¿Quieres follar conmigo?

—Quiero follar contigo –dijo.

—Folla con el Memo, joder.

—Quiero follar contigo, no con el Memo. A él deberías haberle metido en un taxi.

—No puedo.

—¿Veinte pavos?

—No, no puedo follar contigo.

—O estás con alguien o es que sigues siendo aquella gran mierda.

—¿Tienes farlopa?

—Pregunta a tu amigo.

El Memo se había esparcido sobre la calle del Príncipe.

—No salgo ya para follar, Constantine. Estoy con Shama.

—Mi mejor amiga en el colegio.

—Tu mejor amiga en el colegio.

—Debes de ser un gilipollas.

—Ya te lo he dicho: contro-alt-tabulador-intro.

Constantine miró al Memo, y luego concentró todas sus miradas en mí.

—Yo tenía la polla más grande del colegio –le dije. —Veintitrés centímetros en erección –le dije, —y las chicas de C.O.U. me la querían chupar. Ahora son veintiséis centímetros, por los extensores, utilicé uno de esos extensores para alargarme la polla.

—Ya.

—Y he llegado a veintiséis centímetros.

El Memo se desperezó del capullo de cuero y se levantó mientras Constantine se alisaba la melena rubia con los dedos hasta las caderas del amanecer.

—Me duelen las piernas –dijo el Memo.

—¿Y la farlopa? –le pregunté.

Constantine deslizó sus muslos apretados hacia la calle de Sevilla.

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